La
cultura escolar es importante ya que genera asunción y construcción de nuevos
significados al mismo tiempo que reconoce la necesidad de un cierto contexto
propicio al cambio y este de no existir al menos crear condiciones para que se
desarrolle.
La
cultura escolar por el papel de conformidad y seguridad que aporta al grupo, se
ha considerado como uno de los principales factores de resistencia al cambio;
introducir cambios en educación va a significar considerar la escuela (Escudero
y Bolívar, 1994) como unidad básica del cambio. A su vez el cambio para que
suponga una mejora debe generarse desde dentro, más que por mandato externo; y
proponerse capacitar al centro para desarrollar su propia cultura innovadora.
La institucionalización de innovaciones, lejos de ser un problema técnico, es
dependiente del grado de congruencia/disonancia con la cultura escolar
existente: "Se evidencia la interacción entre cultura e implementación de
una innovación. La naturaleza de la reacción organizativa cuando un centro
escolar implementa una innovación depende de la cultura existente y determina
en gran medida el éxito o fracaso de una innovación" (Staessens, 1993:
111). En la medida que una innovación viene a exigir nuevos modos de pensar y
hacer, frente a los habituales y asentados, existe -como principio- un corte
("gap") entre cultura escolar y cambio curricular. Rossman, Corbett y
Firestone (1988: 126) defienden, a este respecto, la tesis de que "La
aversión al cambio varía según el carácter de las normas a cambiar y el grado
de novedad del cambio". La reacción de una escuela a la innovación puede
así ser entendida por referencia a la discrepancia entre las normas y valores que
existen en la escuela y las normas y valores subyacentes de la innovación.
Los
cambios se pueden generar de variedades en los cambios educativos y estos
repercuten en los cambios sociales, dentro de las aulas educativas se medían y
se configuran los procesos de enseñanza y aprendizaje entre los alumnos y
profesores. Estas transformaciones se dan por el centro escolar de acuerdo con
sus prioridades; al tiempo que ir creando condiciones internas y externas para
provocar un desarrollo organizativo o institucional de los centros escolares.
El
problema del cambio curricular proviene -por tanto- de que el curriculum es un
proceso en permanente reconstrucción, no algo reificado sujeto a posible
manipulación, inscrito en unos contextos físicos y sociales determinados. De forma
general cabe entender por cambio curricular como "una alteración de la
práctica existente hacia una práctica nueva o revisada (implicando
potencialmente alguno de estos tres elementos: materiales, enseñanza,
creencias) en orden a obtener ciertos resultados deseados en el aprendizaje de
los alumnos" (Fullan, 1987: 198). Este carácter de alteración de prácticas
existentes asentadas es lo que hace que un cambio curricular implique siempre
cambios en la cultura escolar. Siendo, entonces, el cambio un proceso complejo
(desarrollo curricular, organizativo y profesional) que tiene que afectar en
último término a los modos de ver y hacer, cuya puesta en práctica exige una
comprensión y utilización de los nuevos materiales, conductas o ideas,
comprender la cultura escolar es un factor crítico, clave tanto como objetivo
del cambio como para prever los problemas a atajar.
Desde
la concepción de la cultura como variable o elemento que la organización tiene,
el cambio cultural incide en los elementos que condicionan la cultura, con
estrategias de control organizativo y gestión empresarial, como medio para
gestionar implícitamente la organización. Por el contrario, cuando se concibe
la organización como cultura, el cambio cultural implica la transformación de
la propia identidad (sistema de creencias y valores socialmente construidos y
compartidos) de la organización (González, 1994), por lo que no puede ser
gestionada, sino generar condiciones para que puedan ir emergiendo nuevas
asignaciones compartidas de significados a las experiencias compartidas.
Si las
organizaciones son cultura, ésta es difícil de cambiar, sin implicar a toda la
organización. Las "culturas maduras", firmemente asentadas, son
resistentes al cambio, inherentemente estables, y cualquier mecanismo externo
de cambio puede servir justo para reforzarlas.
Bolívar, A. (1996). Cultura escolar
y cambio curricular. Bordón, 48 (2), 169-177.
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